La deliciosa muerte del Señor Brócoli
El Señor Brócoli era como un brócoli cualquiera. Verde, brasicáceo, cabeci- floral, rico en vitamina C, E y fibra, pero ante todo, temido. Temido por esos chiquillos quejumbrosos. Tenía 13 días, y aún no había sido comido. Su madre, Doña Brassica oleracea itálica, había sido engullida hace unos 7 días, y antes de partir le había dicho que pronto le llegaría la hora, que no se preocupara, que aunque eran tiempos difíciles, todo saldría bien. El Señor Brócoli confiaba en su madre; todo saldría bien. Su mejor amigo Mr. Coliflor le repetía constantemente que el problema no era él, el problema eran los niños y sus estúpidos gustos; que los niños de ahora sólo devoraban sacarosa y cadáveres. Cadáveres de vacas, cerdos, pollos, peces, ovejas; cualquier tipo de cadáver. Cadáveres, cadáveres y más cadáveres. Y por supuesto, sacarosa. Gracias a la querida industria cárnica y a los sistemas de producción alimenticia, el Señor Brócoli y sus amigos vegetales habían quedado en un segundo plano; en el plato de reserva. El plato más odiado por niños, adultos y viejos. Y el Señor Brócoli no encontraba ninguna explicación a esto ¿Cómo podían los niños comer animales muertos? ¿Cómo podía cualquier persona cargar con la tortura de millones de animales al año? ¿Por qué nadie en el mundo prefería comérselo a él? El Señor Brócoli no lo sabía. El día que el Señor Brócoli cumplió 15 días de nacido, Mr. Coliflor decidió darle una gran sorpresa; lo llevó a un gran evento de los llamados “vegetarianos”. Estos personajes eran dentro de la sociedad carnívora predominante comúnmente caracterizados como conejos por su extraño gusto hacia lo verde y por su rechazo a la violencia. Existían tantos mitos alrededor de su extraña vida; algunos decían que no tenían sangre, otros que terminaban siendo calvos y otros que adoraban a las vacas. No obstante nada de esto era importante para el Señor Brócoli. Este día era su oportunidad. Y la iba a aprovechar. La primera imagen que vio fue una piscina con interior blanco –posiblemente mayonesa- y unos cuantos conocidos en ella; unos aprovechando el verano para broncearse un poco y otros refrescándose dentro. El Señor Brócoli y Mr. Coliflor decidieron ir a pasar un buen rato, y claro, a tratar de seducir a un par de sensuales zanahorias que disfrutaban del sol. Después de unos cuantos tragos, el Señor Brócoli comenzaba a sentirse un poco mareado. De repente vio una mano gigante acercándose a su cabeza. Miró a su alrededor y se dio cuenta de que solo estaba Mr. Coliflor, y su sensual conquista. Y vio por un momento a su amigo sonreírle; sonreírle como nunca lo había hecho. De repente su cuerpo se separó del suelo; la mano gigante lo había levantado por la cabeza y el Señor Brócoli comenzaba a ver la piscina y a su amigo cada vez más lejos. Subía y subía, hasta que cayó en algo que parecía una cueva oscura, húmeda y caliente. Alzó la mirada, y vio unas enormes rocas puntiagudas y blancas –más bien amarillas- que bajaban a gran velocidad hacia él. De repente sintió una punzada en su tallo y vio como su cabeza se separaba del resto de su cuerpo. Las rocas seguían incrustándose en él, descuartizándolo, separando su cabeza en pedazos cada vez más pequeños. Comenzó a deslizarse hacia el interior de la cueva, y el Señor Brócoli solo veía oscuridad, y una gran campana sobre él. Comenzó a caer por un tobogán que parecía no tener fin. Luego de unos minutos aterrizó en una gran montaña de “restos”, en los que reconoció a su -ya no tan sensual- amiga zanahoria; a su alrededor todo parecía ser verde, a excepción del naranjado de su amiga, y en las caras de todos – o lo que quedaba de ellas – se dibujaba una gran sonrisa.









