Personaje Vegetal, Segunda Parte

•mayo 14, 2010 • Dejar un comentario

La deliciosa muerte del señor Brócoli Parte II: Éxodo

El Seño Brócoli sabía que la segunda parte del tan esperado viaje era famosa entre todos los vegetales; algunos la describían como la montaña rusa más alucinante de todas; otros como una incursión al más grande légamo jamás visto.

Al momento del descenso las sonrisas se transformaron en gritos y silbidos de entusiasmo; el túnel se acercaba cada vez más y más. En aquel momento, el Señor Brócoli soltó un grito de emoción y cerró los ojos.

Despertó en lo que parecía una gran taza blanca rodeado y cubierto del famosísimo légamo.

Almohada

•mayo 10, 2010 • Dejar un comentario

Sinestesia

Soñé que las palabras corrían por mi piel.

Iban y venían entre los suspiros y los jadeos; entre mi lengua y tus pezones; entre el mugre de mis uñas y el sonido de la noche; entre tú y yo. Se deslizaban hasta mis sueños, hasta tus sueños; hasta la profundidad de tu amígdala cerebral. Las palabras yacían en la almohada mientras Kandinsky y Scriabin nos miraban fijamente, y fundían el algodón con sus notas y colores;  con sus trazos y aromas; con sus sabores y ecos.

Las palabras al fin se durmieron y nuestros ojos se abrieron.
Y el eco siguió resonando en mi almohada.


Epístola

•mayo 10, 2010 • Dejar un comentario

De Yo para Tu

París, 15 de diciembre de 2017

,

Años han pasado. Tal vez uno o tal vez dos. El tiempo pasa como si la memoria estuviera en un constante proceso de catarsis. Y no se si esto es bueno o malo; no sé si los minutos duran más porque no estás o porque yo sigo en el mismo lugar, o tal vez por el calentamiento global; no sé si los espasmos son porque te extraño o por la dosis de cafeína; o por ambas cosas. Porque la dosis de cafeína es como una dosis de ti; una dosis de tu saliva; una dosis de tu sudor; una dosis de tu humo. Pero llevo uno o dos años limpia; uno o dos años en rehabilitación; espero que no dure mucho más. Necesito aproximadamente una o dos mil dosis de ti.

Hace unos días, o meses, salí. Sí, salí. Me senté en la banca del parque a oler; a olerlos; a encontrar ese aroma que tanto extraño; ese aroma impregnado de limón, humo azul, libro viejo, cafeína, palabras escupidas, besos, saliva y teamos; de holatútemiromírametequieroquiéreme , de holatúdenuevomeencantasmefascinastesigomirandosiguemirándome, de holatúteamoámameteamomásámamemás.

Extraño ese aroma. Extraño Tu aroma.

Yo

Historia-Personaje-Calle

•mayo 10, 2010 • Dejar un comentario

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Semana Santa

•mayo 10, 2010 • Dejar un comentario

Paresia

Desperté. El día empezó como todos: agua, espejo, ducha, ropa, café, desayuno…todo normal, a excepción de un pequeño detalle: ciudad paralizada.  Días “de fiesta”, no estudio, no trabajo, y al parecer, no cerebros. Tv: programas prehistóricos sobre un tipo con barba de gamín; Tiendas: cerradas por el perdón de los pecados; Calles: atestadas de gente caminando en círculos; Cine: salvación para sobrevivir al tedio del día; Cigarrillos: saben aún mejor; Noche: un pequeño respiro.

Ocho días de gente caminando bajo el sol durante horas; cargando pesados pedazos de madera y estatuas gigantes disfrazadas; gritando y cantando al cielo como si fuera algo más que oxígeno y nitrógeno.

Dementes.

“Dan ganas de ahogarse en salsa de tomate”

Cicatriz

•mayo 10, 2010 • Dejar un comentario

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El Circo

•mayo 10, 2010 • Dejar un comentario

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Personaje vegetal

•marzo 27, 2010 • 1 comentario

La deliciosa muerte del Señor Brócoli

El Señor Brócoli era como un brócoli cualquiera. Verde, brasicáceo, cabeci- floral, rico en vitamina C, E y fibra, pero ante todo, temido. Temido por esos chiquillos quejumbrosos. Tenía 13 días, y aún no había sido comido. Su madre, Doña Brassica oleracea itálica, había sido engullida hace unos 7 días, y antes de partir le había dicho que pronto le llegaría la hora, que no se preocupara, que aunque eran tiempos difíciles, todo saldría bien. El Señor Brócoli confiaba en su madre; todo saldría bien. Su mejor amigo Mr. Coliflor le repetía constantemente que el problema no era él, el problema eran los niños y sus estúpidos gustos; que los niños de ahora sólo devoraban sacarosa y cadáveres. Cadáveres de vacas, cerdos, pollos, peces, ovejas; cualquier tipo de cadáver. Cadáveres, cadáveres y más cadáveres. Y por supuesto, sacarosa. Gracias a la querida industria cárnica y a los sistemas de producción alimenticia, el Señor Brócoli y sus amigos vegetales habían quedado en un segundo plano; en el plato de reserva. El plato más odiado por niños, adultos y viejos. Y el Señor Brócoli no encontraba ninguna explicación a esto ¿Cómo podían los niños comer animales muertos? ¿Cómo podía cualquier persona cargar con la tortura de millones de animales al año? ¿Por qué nadie en el mundo prefería comérselo a él? El Señor Brócoli no lo sabía. El día que el Señor Brócoli cumplió 15 días de nacido, Mr. Coliflor decidió darle una gran sorpresa; lo llevó a un gran evento de los llamados “vegetarianos”. Estos personajes eran dentro de la sociedad carnívora predominante comúnmente caracterizados como conejos por su extraño gusto hacia lo verde y por su rechazo a la violencia. Existían tantos mitos alrededor de su extraña vida; algunos decían que no tenían sangre, otros que terminaban siendo calvos y otros que adoraban a las vacas. No obstante nada de esto era importante para el Señor Brócoli. Este día era su oportunidad. Y la iba a aprovechar. La primera imagen que vio fue una piscina con interior blanco –posiblemente mayonesa- y unos cuantos conocidos en ella; unos aprovechando el verano para broncearse un poco y otros refrescándose dentro. El Señor Brócoli y Mr. Coliflor decidieron ir a pasar un buen rato, y claro, a tratar de seducir a un par de sensuales zanahorias que disfrutaban del sol. Después de unos cuantos tragos, el Señor Brócoli comenzaba a sentirse un poco mareado. De repente vio una mano gigante acercándose a su cabeza. Miró a su alrededor y se dio cuenta de que solo estaba Mr. Coliflor, y su sensual conquista. Y vio por un momento a su amigo sonreírle; sonreírle como nunca lo había hecho. De repente su cuerpo se separó del suelo; la mano gigante lo había levantado por la cabeza y el Señor Brócoli comenzaba a ver la piscina y a su amigo cada vez más lejos. Subía y subía, hasta que cayó en algo que parecía una cueva oscura, húmeda y caliente. Alzó la mirada, y vio unas enormes rocas puntiagudas y blancas  –más bien amarillas- que bajaban a gran velocidad hacia él. De repente sintió una punzada en su tallo y vio como su cabeza se separaba del resto de su cuerpo. Las rocas seguían incrustándose en él, descuartizándolo, separando su cabeza en pedazos cada vez más pequeños. Comenzó a deslizarse hacia el interior de la cueva, y el Señor Brócoli solo veía oscuridad, y una gran campana sobre él. Comenzó a caer por un tobogán que parecía no tener fin.  Luego de unos minutos aterrizó en una gran montaña de “restos”, en los que reconoció a su -ya no tan sensual- amiga zanahoria; a su alrededor todo parecía ser verde, a excepción del naranjado de su amiga, y en las caras de todos – o lo que quedaba de ellas – se dibujaba una gran sonrisa.

Personaje humano

•marzo 27, 2010 • Dejar un comentario

Blanco Escarlata

Pies en el suelo. Ojos cerrados. Aliento matutino. Otro día más de felicidad y muerte. Caminó directo al baño, se desvistió, y se observó de arriba a abajo. El espejo le mostró el reflejo de la juventud y de ese pene flácido por el uso. Entró a la ducha,  giró la  manilla, y sintió el agua correr por su piel, quemándole cada poro. El día había empezado con el pie derecho.

Después del baño se vistió. Pantalón blanco. Camisa blanca. Un cambio radical con respecto al jean gastado que llevaba usando el último mes. Fue a la cocina, abrió el refrigerador y lo único que vio fue queso. Lo único que necesitaba. Sacó todo lo que quedaba, y se lo metió a la boca. Terminó su nutritivo desayuno, y fue al armario de su cuarto. Sacó la caja negra, y miró cuántas quedaban. Era hora de deshacerse de ellas. No las necesitaría más.

Salió de su casa, y miró a ambos lados. Pensaba irse en uno de esos autos amarillos, pero caminar era mejor para él y para la capa de ozono. Avanzó un par de cuadras, se dispuso a pasar la calle y estuvo a punto de ser arrollado por un auto. Mala suerte. Vio la luz verde y deseoso de otro auto a gran velocidad, pasó la calle. Nada. Mala suerte de nuevo. Se detuvo en una tienda. Vio las trece cajetillas que habían, todas con diferentes nombres, diferentes colores. Le entregó una moneda al hombre detrás del mostrador, y le dio un cigarrillo de la cajetilla azul. Buscó el encendedor al lado de la vitrina, encendió el cigarro e inhaló. Sintió el veneno en las entrañas. El mejor placer del mundo, después de los pezones, claro.

Después de caminar unas cuantas cuadras más, llegó a la estación. Inhaló de nuevo, y botó lo que quedaba. Se acercó y vio la fila para comprar el tiquete. Inevitable. Al lado, un letrero que decía “$2.000” le hizo pensar en lo hermoso de la inflación. La fila avanzaba lentamente, pero después de 4 minutos ya tenía el papelucho en la mano. Caminó hasta el fondo del pasillo, entró al baño. Nadie dentro. Sacó el polvo, cogió un poco y se lo puse en la lengua. Lo saboreó, hasta que el paladar y la lengua se adormecieron. Perfecto. De repente oyó una voz anunciando la llegada del próximo tren. Salió, vio las dos escaleras, y el corazón le  empezó a correr. Efectos del polvo, supuso. Vio unas cuantas personas subir por las escaleras de la derecha, y las seguió.

Llegó a la plataforma y todo lo que vio fue un espectáculo de pies. Todos detrás de la línea amarilla, obedientes. Espléndido. Había más gente de la que había imaginado. Se quedó mirando todas esas caras. Llenas de gotas de sudor, de desesperación; a la espera. Sintió el bulto que tenía en uno de sus bolsillos. Y el metal que tocaba su espalda. Sintió ese sudor frío bajando por la frente; ese sudor que le indicaba que era la hora. Sacó el arma, la observó por lo que  parecieron horas y la cargó. Sonrió y apuntó. Sus oídos se llenaron de gritos, sonido carmesí, y más gritos. La gente iba cayendo como una epidemia. Su ropa blanca, tan blanca, de repente se vio salpicada de un hermoso color escarlata. Las balas en su bolsillo iban desapareciendo a medida que disparaba, una y otra vez. Miró por un segundo al fondo, y lo vio llegando. Se había acabado la fiesta. Tiró el arma, corrió a su derecha y pasó la línea amarilla. Voló. Hacia el fin. Los rieles eran su cielo. Y su ropa blanca dejó de serlo.

Anécdota ajena

•marzo 27, 2010 • Dejar un comentario

proximamente…

 
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