
Blanco Escarlata
Pies en el suelo. Ojos cerrados. Aliento matutino. Otro día más de felicidad y muerte. Caminó directo al baño, se desvistió, y se observó de arriba a abajo. El espejo le mostró el reflejo de la juventud y de ese pene flácido por el uso. Entró a la ducha, giró la manilla, y sintió el agua correr por su piel, quemándole cada poro. El día había empezado con el pie derecho.
Después del baño se vistió. Pantalón blanco. Camisa blanca. Un cambio radical con respecto al jean gastado que llevaba usando el último mes. Fue a la cocina, abrió el refrigerador y lo único que vio fue queso. Lo único que necesitaba. Sacó todo lo que quedaba, y se lo metió a la boca. Terminó su nutritivo desayuno, y fue al armario de su cuarto. Sacó la caja negra, y miró cuántas quedaban. Era hora de deshacerse de ellas. No las necesitaría más.
Salió de su casa, y miró a ambos lados. Pensaba irse en uno de esos autos amarillos, pero caminar era mejor para él y para la capa de ozono. Avanzó un par de cuadras, se dispuso a pasar la calle y estuvo a punto de ser arrollado por un auto. Mala suerte. Vio la luz verde y deseoso de otro auto a gran velocidad, pasó la calle. Nada. Mala suerte de nuevo. Se detuvo en una tienda. Vio las trece cajetillas que habían, todas con diferentes nombres, diferentes colores. Le entregó una moneda al hombre detrás del mostrador, y le dio un cigarrillo de la cajetilla azul. Buscó el encendedor al lado de la vitrina, encendió el cigarro e inhaló. Sintió el veneno en las entrañas. El mejor placer del mundo, después de los pezones, claro.
Después de caminar unas cuantas cuadras más, llegó a la estación. Inhaló de nuevo, y botó lo que quedaba. Se acercó y vio la fila para comprar el tiquete. Inevitable. Al lado, un letrero que decía “$2.000” le hizo pensar en lo hermoso de la inflación. La fila avanzaba lentamente, pero después de 4 minutos ya tenía el papelucho en la mano. Caminó hasta el fondo del pasillo, entró al baño. Nadie dentro. Sacó el polvo, cogió un poco y se lo puse en la lengua. Lo saboreó, hasta que el paladar y la lengua se adormecieron. Perfecto. De repente oyó una voz anunciando la llegada del próximo tren. Salió, vio las dos escaleras, y el corazón le empezó a correr. Efectos del polvo, supuso. Vio unas cuantas personas subir por las escaleras de la derecha, y las seguió.
Llegó a la plataforma y todo lo que vio fue un espectáculo de pies. Todos detrás de la línea amarilla, obedientes. Espléndido. Había más gente de la que había imaginado. Se quedó mirando todas esas caras. Llenas de gotas de sudor, de desesperación; a la espera. Sintió el bulto que tenía en uno de sus bolsillos. Y el metal que tocaba su espalda. Sintió ese sudor frío bajando por la frente; ese sudor que le indicaba que era la hora. Sacó el arma, la observó por lo que parecieron horas y la cargó. Sonrió y apuntó. Sus oídos se llenaron de gritos, sonido carmesí, y más gritos. La gente iba cayendo como una epidemia. Su ropa blanca, tan blanca, de repente se vio salpicada de un hermoso color escarlata. Las balas en su bolsillo iban desapareciendo a medida que disparaba, una y otra vez. Miró por un segundo al fondo, y lo vio llegando. Se había acabado la fiesta. Tiró el arma, corrió a su derecha y pasó la línea amarilla. Voló. Hacia el fin. Los rieles eran su cielo. Y su ropa blanca dejó de serlo.
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Etiquetas: Ejercicio 7, Humano, Personaje